Harleen Quinzel

añora los días en que

no temía a los payasos

sino a las lámparas de dentista

 

antes de que las risas en los programas de comedia

fueran reemplazadas por el ruido de martillos

 

cuando sentía deseo y no

síndrome de estocolmo

 

ahora gasta el tiempo en ver documentales

sobre los hábitos reproductivos de la hienas

 

en averiguar cuántos segundos de conciencia

le quedan a un hombre después de ser decapitado

 

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